Esos pequeños detalles adorables que nos siguen revelando como país "menos desarrollado"...
ÁLBUM CAÓTICO AL FINAL DE LA PÁGINA

¿Friki?

Para desgracia de todas las personas sensatas, el pasado sábado, día… ¡bah! Mejor olvidar la fecha… El otro día… Tuvo lugar en no se qué provincia de la Europa lejana el Festival de Eurovisión, ese rancio compromiso que, durante varias horas del más tenebroso de los sábados del año, une a Europa y a sus amantes de la canción ligera.

Espero no ofender al lector anunciando algo que fue para todos tan conocido y tan comentado. Un evento que, gracias a unos jeribeques mediáticos bien calculados y a unos recursos estilísticos acordes con la depresión económica en que nos sumimos, resultó casi tan importante como las Elecciones Generales de José Luís y Mariano, y apartó en plena noche de sábado – frente al televisor –, tanto a las abuelitas de sus labores de punto de cruz, como a los mozalbetes de sus compromisos alcohólicos. Porque nadie podía perderse al chiquilicuartos ese que teníamos como representante de la Piel de Toro, cantando aquello de:

El Chiki-Chiki mola mogollón. Lo bailan en la China y también en Alcorcón

Y era verdad. Gente de toda corte y variado pelaje conocía, disfrutaba y sentía en lo más profundo de sus entretelas el sublime mensaje contenido en uno de los más fabulosos lieder que se hayan compuesto jamás. Un tema emotivo que, a parte de construirse con los más sofisticados contrapuntos, recopila en su letra todas las pasiones que estremecen al español de a pie.

Por supuesto, no ganó. Un ruso blanco con maneras de metrosexual se lo había montado mejor y, en lugar de hacer el gilipichis junto a un hatajo de mujeres florero caracterizadas, optó por la balada fácil y sensiblera. Escogió como compañeros de escena a cierto campeón de patinaje sobre hielo (que hacía lo único que sabía hacer) y a cierto ¿húngaro? propietario nada menos que de un stradivarius (pero que no hacía nada), para que lo secundaran en la porno gay party que se montó sobre el escenario. Un éxito rotundo. Y España ¡en el puesto 16! El mejor resultado desde… 2004. ¡Toma ya!

Para tranquilidad del sibarita más estresado – y como era de esperar –, el fenómeno Chikilicuatre fue diluyéndose poco a poco, como ahogado en las aguas del Olvido. Pero hay algo en todo esto que ha quedado como rastro indeleble del evento y que resulta, cuanto menos, abrumador: desde la llegada al estrellato de este personaje, un sentir general de simpatía hacia lo friki se ha instalado en los corazones de la gente.

Ahora te ríes con el friki, y no de él. Porque el friki es un personaje entrañable y divertido que la civilización moderna debe mimar y alentar, pues su cándida estupidez y su temperamento inocente lo convierten en una especie de mascota juguetona que todo el mundo quiere abrazar y lamer. Todo aquél que un día bailó la macarena, se colgó chupetes de plástico en el cuello o se tragó de pé a pá los conciertos de los Tres Tenores, presume hoy de contar entre sus allegados con un friki de aquí te espero.

¿En qué quedamos? Que yo recuerde, friki, para ese ciudadano medio español (chismoso, holgazán y resentido, sólo amante del fútbol y de todo lo que tenga que ver con su nómina), era hasta hace pocos días un apelativo oscuro y contradictorio, frecuentemente asociado a elementos antisociales y dignos de desconfianza que merecía la pena mantener apartados. Marginados del Sistema a causa de su extravagante aspecto y sus desmedidas y poco corrientes aficiones, los auténticos frikis sufrieron persecución como los cristianos catecumenales y hubieron de refugiarse en las tiendas de cómics del centro de Madrid, o en distantes y poco aseadas asociaciones culturales de barrio.

La Guerra de las Galaxias, las cartas Magic, Bud Spencer y Terence Hill, El Señor de los Anillos (hasta la llegada de la película)… ¡Qué temor causaban! Y si encima lo mezclamos con el Manga y la música Heavy Metal, ¡qué repelús!

Creemos que todo esto del apartheid friki (ahora en desuso, y gracias a Eurovisión) empezó con aquello del Asesino del Rol, o incluso con los personajillos entrevistados por el impresentable de Cárdenas, en aquellos viejos espacios culturales nocturnos. Todos frikis. Carlos Jesús se creía Jesucristo redentor, resucitado, reencarnado y todos los “res” que se os ocurran, y por ello le crecían las tetas y lanzaba sospechosos bufidos a través de los callos de sus manos. El Niño’l Mechero juraba solemnemente vengarse de una tal Sole, que había tenido la desfachatez de tirarle un huevo sin venir a cuento mientras disfrutaba de su minutito de gloria. La Bruja Lola amenazaba desde su tenebroso atril con encender “dos velas negras” para convocar a los más pendencieros espíritus del averno y martirizar a su contertulio con sortilegios malignos. Y toda una fauna de pobres diablos de la España de la colza y el boom urbanístico, que fueron exprimidos hasta la médula por una piara de desconsiderados que había dejado hace mucho tiempo de encontrar fórmulas originales para divertir a la audiencia.

En aquella época digna de olvidar todo el mundo se bajaba el politono del cuñaaaao! o comparaba a la chica fea de su clase con Carmen de Mairena. Poco a poco, lo friki se convertía en un objeto irrisorio perteneciente a la imaginería popular, que podía usarse como comodín cada vez que se quería contar un chiste y no se tenía inspiración (si tu auditorio no te ríe las gracias, dices Jarrrl! No puedorrl! Y todos se descojonan).

Pero si se quería expulsar a alguien del grupo, se decía es un friki, y ya está. Ello suscitaba en el resto de individuos de la manada una especie de terror social ante lo desconocido, por lo que optaban sin rechistar por dar la espalda al señalado. Llega a saber Sun Tzu de todo esto, y sin duda reescribe El Arte de la Guerra, o como derrotar a tu enemigo acusándole de friki.

Pero no. El origen de la palabra friki, o freaky (o la ortografía que se prefiera) es otro bien distinto, y enraíza en las melancólicas historias de los feriantes que deambulaban por tierras y épocas remotas. Y es que freak, que en inglés de taberna puede significar extraño, estrafalario, se aplicaba antiguamente a las personas que sufrían alguna malformación física o anomalía mental de sintomatología siniestra. Su connotación semántica, por si fuera poco, estaba íntimamente relacionada con el concepto de “monstruo” o criatura extraña y horrenda. Quienes padecían estos síntomas (enanos, forzudos, mujeres barbudas, negros bien dotados, hombres elefante, domadores de pulgas…) se vieron relegados a participar en espectáculos circenses, en los que eran admirados con curiosidad por gentes de aquí y allá que comenzaron a denominarles freaks. Bichos raros que, además, formaban parte de la misteriosa bohemia de las ferias, y su vida itinerante sin patria ni rey, entre payasos, trapecistas semivestidos y otras gentes de no más limpia reputación, pero que contaban con habilidades casi divinas.

A LA IZDA. JOSEPH MERRICK (1862-1890), EL MÁS CÉLEBRE HOMBRE ELEFANTE DE LA HISTORIA. SU ESPECIALMENTE GRAVE SÍNDROME DE PROTEUS LE GRANJEÓ FAMA Y FARÁNDULA. SE DECÍA DE ÉL QUE ERA HOMBRE DE GRAN INTELIGENCIA Y SENSIBILIDAD, CON LA AGUDEZA Y EL SENTIDO DEL HUMOR DEL MEJOR DE LOS HUMORISTAS. MURIÓ, SE DICE, ASFIXIADO POR EL ENORME PESO DE SU CABEZA.
A LA DCHA, LA MUJER BARBUDA, DE PEDRO DE RIBERA. EL VIRREY DE NÁPOLES ENCARGÓ A RIBERA EL RETRATÓ DE MAGDALENA VENTURA DE LOS ABRUZOS, UNA CONOCIDA NAPOLITANA AQUEJADA DE HIRSUTISMO.

En este punto, la coherencia de la justificación lingüística de esta peculiar palabra, se pierde en el devenir del tiempo y sus caprichos. Es entonces cuando surgen las dos grandes corrientes culturales que tratan de explicar la evolución de este término hacia las acepciones dispares que se registran hoy en día: son las leyendas negra y rosa del mundo friki.

La leyenda negra de los frikis (depositarios de una abyecta sabiduría basada en bestiarios, naves espaciales y fetichismo de pies) compara el aspecto extraño de aquellas criaturas monstruosas dignas de lástima con los granos, las gafas de pasta y las camisetas negras de los frikis actuales. Porque, efectivamente, un guaperas de discoteca que se las lleva de calle nunca perderá el tiempo con la numismática, los videojuegos o el cómic Manga. Tales aficiones, consideradas marginales, son propias del rarito del barrio que, además de contar con unas cuantas decenas de kilos de más, tiene problemas en casa y sufre de halitosis. Esta corriente encuadra sin dificultades dentro de la esfera friki a Leonardo Dantés, Ruiz Mateos y a toda la fauna de infelices anteriormente mencionada.

La leyenda rosa de los frikis, por el contrario, les atribuye una vasta cultura digna de los ilustrados del XVIII, e incluso poderes mágicos heredados de aquellos druidas que fabricaban pócimas con el muérdago y conocían el camino a Avalon. La suprema erudición de estas criaturas de Prometeo les ha hecho descubrir América, la piedra Filosofal, la masturbación, las modernas Instrucciones tecnológicas y la fórmula de la Coca-Cola. Las logias masónicas, ya si nos ponemos, no son sino clubes de amigotes que beben en litrona y juegan al Hero-Quest. Y ¿hay algo más friki que el circo? El origen del nombre, el de aquellas criaturas desheredadas, parece posicionarlos en una especie de aristocracia de lo extraño; formaban parte de un círculo triste y cruel, aunque atractivo para las personas cuya existencia transcurre gris en una mortecina clase media. Su destino trágico lo acababan por asumir: nacer, ver cómo se ríen de ti, y luego comprobar que, si la gente paga por ello, les resultas espectacular. Después morir y convertirte en leyenda.

Un defensor lumbreras de esta leyenda rosa debe haber sido el introductor del fenómeno Chiki-Chiki. La fórmula es sencilla: rarito pero tierno. Se acusa de cometer este desacato a cierto show-man – ¿Show? ¿Man? – que acostumbra en la caja tonta a vomitar con nocturnidad sus chistes socarrones de humor inteligente. Parece ser que un día de especial lucidez, este artesano de la monserga recomendó a uno de sus payasos (de nuevo al circo) meterse en la piel de un supuesto friki y, a través del método Stanislavsky, comportarse como tal en las sucesivas semanas, tanto en pantalla como en la vida cotidiana, y componer una canción arrolladora que enamorara a todos. Y así fue.

Pues ¡es tan voluble la voluntad del devorador de subcultura! ¡Tan fácil, moldear la postura de la Opinión Pública! Una vez más se ha demostrado el fracaso de los nuevos planes de estudios y la ineficacia de la educación familiar. La falta de criterio y el dejarse llevar por la corriente han dado sus frutos. Otra vez los Mass Media han cometido la irresponsabilidad de contaminar la mente distraída de la sociedad y orientar sus gustos y modas fugaces a capricho de quien es un poco más listo.

Pues a nosotros los auténticos frikis esto no nos gusta. No, no, no… Nadie nos preguntó si preferíamos que la sociedad nos aceptara con la condescendencia que la caracteriza – como hace con el homosexual o como con el extranjero –, o nos siguiera condenando a formar parte del nutrido monto de las minorías. El correveidile que decidió un día crear a Chikilikuatre no nos pidió permiso para lavar nuestra imagen ante los demás y convertirnos en un asunto de interés general y estudio.

Aunque parezca que haya quien quiera popularizar el movimiento (creando el Día del Orgullo Friki, y estupideces por el estilo), y aunque se escuche la palabra crusaíto entre el público de los conciertos de Metallica (juro a Dios que es verdad lo que digo), los verdaderos amantes de lo extraño y lo desconocido siempre preferiremos la marginación a la falsa lisonja del cretino de turno, y la polvorienta soledad de nuestras fortalezas de misterio, a la exhibición pública de un saber y unas aficiones que nos ha costado mucho recopilar y mantener, y que han permanecido ocultas y a buen recaudo, lejos del alcance de malos administradores.

Lucharemos por seguir siendo raros. ¿Estáis conmigo?

Dedicado a tío Ro y a Ryuhoshi

Lo que abunda en la Tierra

Malvados, vulgares, cabritos, impostores, alimañas, vanidosos, arrogantes, fantoches, sucios, cretinos, falsos, villanos, alcahuetas, gaznápiros, puercos, horteras, arpías, envidiosos, mamarrachos, cínicos, liantes, aviesos, ceporros, estafadores, maleducados, pelandruscas, frívolos, tacaños, huevazos, taimados, rufianes, pervertidos, boceras, catacaldos, soeces, calzonazos, gilipuertas, mentecatos, lujuriosos, tragaldabas, bellacos, pijos, traidores, idiotas, chulos, usureros, depravados, garambainas, pazguatos, presuntuosos, inútiles, apestados, desaprensivos, pendencieros, macarras, capullos, bastardos, granujas, odiosos, cobardes, mequetrefes, pelotas, cotillas, raposas, anormales, mamones, viles, ególatras, bufones, violentos, tontainas, groseros, tiparracos, impresentables, memos, cenutrios, hipócritas, paletos, embusteros, imbéciles, jilorios, babosos zafios, abominables, casquivanas, zampabollos, bestias, prepotentes, trepas, iracundos, mezquinos e hijos de la Gran Puta.

El Barrio

Los recuerdos más emotivos impregnan la propia esencia de los lugares. Y si uno se pasea por el centro histórico de esta fascinante villa y sabe mirar y escuchar con la atención adecuada, podrá advertir nuestras figuras juveniles difuminadas, como felices espectros deambulando de aquí para allá y moldeando el entorno a su capricho. Ha sido tan apasionante nuestra experiencia, tan incesante nuestro quehacer, que no puede entenderse un Madrid sin nosotros, sin nuestra influencia y sin los discretos rastros que dejamos a nuestro paso.

Hasta tal punto, que los viejos topónimos de calles, plazas, parajes y demás rincones cayeron en el olvido y fueron sabiamente reemplazados por nuestra historia, por la celestial inspiración suscitada ante las imágenes vívidas que la ironía de la vida nos brindaba. Sin olvidar a todas aquellas personas buenas y malas que tuvieron la extraña fortuna de retozar con nosotros o divertirse a nuestra costa.

El Supernafamacho, la Calle Campeones, la Escalinata las Rubias y Marcel Mambreu son apelativos que dan buena cuenta de esta realidad.

El mapita de más arriba no es más que una copia de baja resolución. Uno, que no paga ni un puto duro por mantener este blog y a veces le obligan a colgar mierdecillas. El archivo correspondiente al verdadero mapa del Centro de Madrid es la hostia de grande. Si no dispones de una conexión a Internet de alta capacidad, te jodes; en caso contrario, pincha aquí para bajallo.


Mucha, mucha polisía

El pasado 2 de Mayo dos buenos amigos y yo fuimos víctimas del desatino y la descortesía de tres ceporros vestidos de azul y fosforito homologado por la DGT. Presumiblemente, contaban con chapita de policías municipales, arma reglamentaria y mucha, mucha mala hostia por tener que trabajar en fiesta mientras los demás nos lo pasábamos teta.

No sé si hacíamos muy bien. Pero la malandanza que supuestamente perpetrábamos (y lo único que ellos pudieron ver cuando llegaron en sus ridículas motos) era estar apoyados sobre el capó de un coche, hablando de nuestras cosas. Y si había más chicha en aquel conciliábulo, voto a Bríos que no lo advirtieron. A nuestro alrededor, decenas de jóvenes enardecidos por la rancia celebración que se festejaba practicaban a diestro y siniestro el ya consolidado arte de la bolsa de hielos y el cartón de vino. Tal circunstancia debió dispararles los biorritmos a los guardias, ya que se dispusieron sin más dilación a sacar sus porras y consolidar la hegemonía indiscutible del Imperio de la Ley. Luego de rebuznar, pedir unos cuantos DNIs y pegar algunos pisotones a los incautos vasos de mini que descansaban sobre la acera (poniéndolo todo perdido, por cierto), los señores munipas decidieron dedicarnos a mis amigos y a mí toda su atención, como si no hubiera mucho más que hacer en la animada calle en la que nos encontrábamos.

Ya conocen el dicho: más vago que la chaqueta un guardia.

Bien está que somos unos juerguistas, que nuestra ética deja bastante que desear. Vale que, muy probablemente, contemos con anécdotas inconfesables que será mejor ocultar a la Administración y a nuestras familias. Y que estemos condenados sin remedio a las calderas de Pedro Botero tampoco lo puede negar nadie… Pero, aun en nuestra vil y miserable existencia, lo más lógico y decente que se debe hacer a esas horas cuando se encuentran con nosotros es dar las buenas noches. En su lugar, un tono socarrón y zafio rompió el silencio desde el casco estilo Youri Gagarin:

¿Tenéis priva? No. Pues entonces seguro que tenéis otra cosilla.

En lo único que nos superaban esos botarates era en tamaño y equipamiento bélico, y es por ello que hubimos de resistirnos a sus duros modales, vaciar los bolsillos, colocarnos contra el coche, abrir las piernas, dejarse sobar y resistir un incómodo bombardeo de linternas azules y miradas poco amistosas. A fin de cuentas, consentir que nos trataran como a delincuentes y, a causa de la ansiedad y el alcohol, no decir ni pío.

Me quejo a toro pasado; lo reconozco. Y evito acudir a hemerotecas para comprobar si aquella noche, mientras a mí me cacheaban, se estaba cometiendo algún delito; si robaron el bolso a una vieja o si violaron a alguna chica. Es para no cabrearme más, si ustedes me entienden. Es preferible pensar que, durante aquella noche, todos los prostíbulos ilegales emplazados en Madrid cerraron repentinamente, y se dejó por fin de explotar y esclavizar a las pobres ciudadanas de la Europa del este. Es mejor creer que las bandas de Ñetas, las que ocupan impunemente las canchas públicas de baloncesto y cobran entrada a los chavales que quieren jugar, se marcharon esa noche a sus garitos infectos a escuchar pacíficamente el Reggaetón y la Bachata. Es mejor imaginar un Madrid sin macarras ni pijos borrachos y violentos, y sin Audis de respetables padres de familia correteando a 180 por la Castellana y avasallando a los Ibizas.

Como nada de eso ocurría durante la madrugada del 2 al 3 de Mayo de 2008 en Madrid, no cabe duda que lo mejor para paliar el aburrimiento de la Policía Municipal es venir a cachearnos a mí y a mis camaradas.

Quizá no es preciso que añada que, tras su estéril registro, los policías abandonaron la escena del crimen sin pedir disculpas o desear las buenas noches. ¿Habrase visto tamaña impertinencia? La de creerse Chuck Norris, pero no ser más que un cachorro aleccionado, inculto y falto de criterio propio y educación ¿O es que simplemente estaban picados porque no encontraron nada?

Pues bien. Este es un mensaje para vosotros, abnegados ejecutores del bando y la ordenanza municipal de turno: Os la colamos, inútiles. Espero que hayáis sido más competentes en futuras redadas, u os quedaréis sin materia prima para divertiros después con vuestros amigos. No me extraña que, con tanto cegato en los cuerpos locales de seguridad, pasen cosas como las de Coslada. Y hasta aquí puedo leer.

Hace años, presencié un espectáculo que contó con bastantes elementos en común con el que padecí y que acabo de relatar. Plaza de Juan Pujol (y no se dice Puyol; también conocida como El Madroño), Malasaña, Madrid; Tres eran los grupos y las especies de crápulas que se daban cita en tan pintoresco paraje. En un banco, una soldadesca de ecuatorianos oscuros y tenebrosos (frente a un ejército de litronas) escuchaba música ratonera a toda hostia procedente de un radiocasette barato. Sus ropas holgadas y sus pañuelos en la cabeza no hacían esperar nada bueno bajo ellas. En otro flanco, diez o doce punkis completamente borrachos se dedicaban a bailotear sobre la acera y echar la raba por acá y por allá. Después, iniciaron un curioso ceremonial: se pusieron como a hacer cola frente a la reja de una farmacia cerrada; el primero de la fila se lanzaba con violencia contra dicho cierre, para desternillarse con el estruendo metálico que producía. Así, uno tras otro; muy divertido. Por último, tres muchachillos en edad de entrar en quinta y ropajes rockeros degustaban tranquilamente un botellín de a litro sobre el respaldo de otro banco de la plaza. Quizá miraban a los de la comunidad latina con algo de temor y desconfianza. Quizá se divertían viendo las gilipolleces que cometían los encrestados. Pero no hacían mucho más que tomar una cerveza y hablar de los Maiden.

En esto que, de repente, una escuadrilla de la Policía Municipal (pero de esos que deben ser como de élite y que van a lo boina verde, con botas militares y pastor alemán) hizo su aparición estelar por una bocacalle de la plaza, casi sin ser advertidos por nadie. En lugar de disolver, reprender o amonestar a quienes la sociedad considera comúnmente como indeseables (punkis, latin kings,…) los pitufos sorprendieron a los jovencillos por la espalda, pegando una patada a la otra litrona que les esperaba sobre el suelo y agarrándolos por el antebrazo.

Ni que decir tiene que esta aparatosa maniobra alertó inmediatamente a los otros habitantes de la plaza. Los ecuatorianos tomaron su arsenal de cerveza y su escandaloso aparatejo y pusieron pies en polvorosa. Los punkis no tardaron ni diez segundos en abandonar su constructiva ocupación y echar a correr calle abajo. Cuando el estrépito de la huida cesó, los diligentes policías ya habían tenido tiempo para amedrentar a los muchachos, arrebatarles su bebida y tomar los datos pertinentes para darles un disgusto a los padres. Actividad mucho más cómoda sin duda que aguantar las impertinencias de un grupo indisciplinado de residuos sociales, o exponerse sin necesidad a un posible navajazo de los asustados ecuatorianos.

Muy bonito. No sé si calificar la actuación de los agentes de la Ley de irresponsable, imbécil o sencillamente cobarde.

Terminamos el cuento de hoy hablando del botellón, botellón; botellón te quiero. Es que, cuando no hay mucho más por lo que preocuparse, lo mejor es buscarse excusas. Es algo parecido a lo que ocurrió hace años en Estados Unidos con el señor que sale llorando en una foto un poco más abajo. Sin crisis, guerra, desorden social o grandes catástrofes, el país manifestó un desorbitado interés por las corridas en la ropa. Pues con el botellón pasa lo mismo.

Tras los disturbios incendiarios que tuvieron lugar hace un año en nuestro querido barrio de Malasaña, el señor Alcalde y actual pretendiente defenestrado del centro-derecha español decidió desplegar sus huestes por el distrito Centro de Madrid. Vamos, que lo de Varsovia en la primera mitad de los años cuarenta fue una mariconada, comparada con el impresionante dispositivo policial que ocupó las calles del céntrico barrio durante los fines de semana posteriores a la trifulca. Efectivos en cada esquina; perros gruñones por doquier; aviesos policías de paisano con pinganillo en la oreja… Y lo más estremecedor de todo: nutridas formaciones de aquellos munillas forzudos con boina, como haciendo la instrucción por las calles y mirando por encima del hombro a los demás. Sólo les faltaba cantar aquello de:

- Aaarios. ¡Que fuertes y valientes son los aaarios…!

Asustado con tanto señor de azul, decidí hacerme el longuis (un habitual blogger de esta página puede dar fe de ello) y acercarme a uno de los agentes para preguntarle qué cojones pasaba, a qué Papa habían disparado, quién había dado un golpe de Estado o qué Bolsa se había hundido. Aduje, para ello, en pulquérrimo castellano, que era un muchachote de Valladolid que solía bajar a Madrid para salir de fies. Sí; soy un broncas.

El individuo, a pesar de su espléndida declamación de tres o cuatro artículos de la Ordenanza Municipal que regula el festejo callejero (casi con rima y musiquilla, como la tabla de multiplicar), me soltó una sarta de improperios de taberna, drásticas opiniones ajenas y palabrotas de baja categoría, que hubiera sonrosado al más sosegado de los oyentes. Que si la gente se pincha, se fuma, se folla y se caga en la calle; que si los vecinos se quejan y la policía interviene y que si la madre que lo parió. Y mira que venirme a preguntar este tío… ¿Dónde está Valladolid?

Se puso tan farruco que casi temí que me detuvieran. Fue entonces cuando lo comprendí: problemas, descontento, disturbios, mala gestión – pésima gestión – y poco dinero. Nada como contratar mucha gente grande (de cuerpo), pero lo suficientemente débil como para poder lavarles el cerebro con cierta soltura, y educarles eficazmente en el arte de infundir miedo y mantener el orden con poco esfuerzo mental.

Porque puede haber hurto, muerte, destrucción, calumnia, estupro, blasfemia, extorsión, cohecho, ignominia, impudicia, conductas potencialmente peligrosas y adulterio. Pero en una gran ciudad nadie cuestiona que lo más preocupante de todo es el botellón. Y son pocos los elegidos que saben aplicar los métodos correctos para su esperada extinción y definitivo desarraigo.

Por supuesto, hablo de la nueva generación de policías municipales.

Cuando los hombres lloran...

Ante todo, mi deber es el de solicitar a mi fiel y sufrida audiencia su misericordia y su perdón, por el silencio que en los últimos meses ha envuelto sin remedio a mi faceta de editor web venido a menos y cuentacuentos de salón. Los que me conocen un poco y saben de mis últimas peripecias comprenderán que tal alejamiento de la vida pública ha estado sobradamente justificado. Y los que no tienen el gusto de haberse mezclado conmigo más de lo que dicta el decoro, necesitarían de una retahíla de excusas, traslados, familias, pólizas y mudanças – muy poco recomendable, dados los días que corren – para poder comprenderlo en toda su dimensión y permitirse la galantería de excusarme o condenarme al ostracismo. Ni que decir tiene que nadie se merece el martirio de tener que atender a mis explicaciones, por lo que me las ahorraré, pondré punto y final a mi comunicado, y pasaré sin más dilación a otros asuntos más apremiantes.


Abrimos esta nueva temporada de El Conde Vauxhall hablando del llanto masculino.

Puede que alguien piense que, visto lo visto, lo preferible sería retornar a mi pretérita ociosidad, y aprovechar para hacerme mirar esta dolencia grave que me conduce a comentar algo tan insólito y poco extrapolable. Pero no. No cejaré en mi empeño, absolutamente lúcido, libre y convencido, de tratar de analizar, de manera no se sabe si somera o pormenorizada, las circunstancias que conducen al hombre (al machote más peludo, que huele a tabaco y a sudor, y que escupe trozos de palillo a los pies de la gente) a hacerse un ovillo y sumirse en el más inconsolable de los sollozos.

Una de esas figuras populares que, como sabéis, merecen todo mi respeto pero no cuentan ni por asomo con él, se propuso un día comunicar al mundo un rotundo mensaje: Los chicos no lloran, tienen que pelear.

Coñas aparte (que todos sabemos de qué pie cojea el renqueante) el buen hombre no sabía que, sólo unos pocos años más tarde, iba a venir el Sistema a plantarle cara con todo un Ministerio de Igualdad, sólo comparable al del Amor o la Paz de la novela de Orwell, para así demostrarle e imponerle con toda la fuerza del Estado de Derecho que hombres y mujeres pueden hacer por igual tanto la compra o la colada como los Presupuestos Generales del Estado. En este nutrido plantel de tareas unisex ¿no hay lugar para el llanto? ¿Es el llorar feudo exclusivo de damiselas y cortesanas?

Los hombres lloramos cuando se tercia, y no por ello dejamos de serlo, joder. Aunque el gesto se tuerza en muecas de dolor sin alivio y los ojos se empapen del líquido elemento de la Lírica, ni la hombría dejará de ser parte de la esencia más íntima de nosotros mismos, ni el falo nos abandonará en busca de un cuerpo más velludo y más estoico. Y abandonando el tema de la sensibilidad al dolor, que sólo es cuestión de dejarse llevar y procurar que éste nos afecte lo menos posible (gracias al llanto), ¿qué me dicen de la sensibilidad artística? ¿Por qué no llorar ante una canción sobrecogedora, o por qué no estremecerse ante una película magistral?

Con todo, hay tipos muy duros, que lloran tan sólo unas pocas veces en la vida (como Brad Pitt, en Entrevista con el Vampiro, por poner un ejemplo), y sólo ante congojas y pesares asfixiantes, o tras haberse contenido durante incontables años de mudo sufrimiento.

Pero ¡cuán pródigos han resultado en lloriqueos (invisibles, sí, pero lloriqueos) los dignos Petronios cotidianos, en estos lamentables procesos de crisis y holocausto! Cada vez que sufrían, era como si estuvieran llorando en silencio; cada vez que la Fortuna les volvía la espalda y sentían ese vértigo inefable y doloroso en lo más profundo de las mollejas, lloraban como una madre. Lloraban como el cachorro asustadizo, cada vez que apretaban con fuerza las mandíbulas para presentarse ante la sociedad, sacando pecho, como insensibles criaturas posmodernas… Cada vez que había que llorar se reprimían, como si tal medida les rescatara por fin de su predisposición – de su don – para hacerlo.

Dentro de este conjunto de varones los hay que, además, presumen de ello. Los que comentan nosequé desventuras de posoperatorio y películas lacrimógenas, en las que vieron a los demás llorar como mariconas mientras ellos, más serios que un Doríforo de Policleto, resistían el trance con torería y honor.

No es que hayan sido muy machotes. Simplemente sus prejuicios inútiles les han restado un poco de humanidad sin que ellos se dieran cuenta. Pienso que sólo hay que relajarse, meditar, filtrar o las emociones por el ojo más crítico e inquisitivo de que se disponga… Y comprender que no hay motivo para no darse el gustazo de desahogarse, llorar hasta quedarse seco y, después, tomarse la vida con un poco más de calma y buen humor. Y erradicar la dura represión de ese humano y natural llanto que la Civilización más madura y responsable ha relegado injustamente a plañideras y bebés.

Ello no quita que haya hombres de mentira, a quienes un simple traspié, un pellizco furtivo o un día más estresante de lo normal les hace brotar un océano de lágrimas vacuas, como si se encontraran ante la más frustrante de las tragedias. Cuando no salen las cosas como se han planeado, no hay nada mejor que buscar un hombro, o mejor unas enaguas, sobre las que verter lágrimas, babas y mocos. Eso parece mucho mejor y más fácil que detenerse a analizar los problemas con tranquilidad y criterio, y buscar una solución rápida y eficaz. Conozco, al pelo, el caso de cierto caballerete de voz aguda y maneras femeninas que gustaba especialmente de estas conductas, y las interpretaba en todo su esplendor cuando le sobrevenían porrazos deportivos de lo más hilarantes (y lloraba no se sabe si por el dolor o por la vergüenza), o si su interlocutor le hacía caer en pleno debate en equívocos y contradicciones traicioneras. Quizá creía que un puchero y un “yo soy de ciencias” le podían sacar del apuro, pero lo único que conseguía era caer en absoluto ridículo y recibir descalificaciones homófobas de lo más variadas. Saben que yo prefiero no entrar en esos temas de maletero y puerta de atrás; más bien me inclino por justificar la situación en un exceso de faldas – mamá, hermanita, tía, vecina, abuelita… – en la educación del infante en cuestión, lo que le ha provocado una particular falta de adaptación ante la adversidad.

Por último hay hombres maléficos que sólo lloran cuando sus despropósitos salen del revés. Cuando el bien triunfa sobre el mal – que suele ser las menos veces –, los más nefastos ministros del Enemigo buscan la soledad para el llanto y el rechinar de dientes. Sus sollozos colmados de juramentos y blasfemias siempre suelen venir aderezados por puños apretados y gruñidos de rabia, por vestiduras rasgadas y por golpes en el pecho. Y por siniestras promesas de venganza para quienes los han vencido y humillado. Algo parecido a las celebérrimas hermanastras y sus quejidos lastimeros de niña malcriada, cuando la buena de Cenicienta desvelaba su himen ante el Príncipe Azul que tanto pinrel de molinera tuviera que olisquear… El malo nunca escarmentará, y su llanto no le sirve sino para cargarse de resabio en futuras fechorías.

Por todo ello defiendo que se debe llorar con gusto y provecho, pero con el pundonor que se espera de un macho. Se debe llorar con ojos de poeta y pecho de hombre, con lamentos de santo y trino de ruiseñor. Pero también con la responsabilidad del que sabe que son posibles en la vida peores trances y aprietos irresolubles, y que todo tiene solución menos la Preysler. Cuando se está jodido, el llanto no se debe escatimar; pero cuando sólo se está molesto, contrariado o herido en el amor propio, ¿por qué malgastar las lágrimas que bien podrían echarse en falta ante una subida de los impuestos o ante un funeral?

Entre sollozos, el deleite artístico es más dulce y placentero. Y mucho más a nuestras anchas podremos solazarnos en la dicha y el júbilo si lloramos de alegría. Pero si lloriqueamos por una caída o por una travesura frustrada, nuestra honra quedará en entredicho, incluso delante de las personas más mansas y débiles. Si reprimimos el llanto por prejuicio o idiosincrasia particular, deberemos replantearnos los principios que gobiernan nuestra vida, pues nos están imposibilitando de consumar lo que es toda una necesidad fisiológica, como el comer y el cagar.

Este es un mensaje de un hombre, dedicado a todos los hombres. Incluso a aquél que proclama a viva voz que “los chicos no lloran, bla, bla, bla”. A ese sólo le pediría que recordara lo mucho que malgastó sus lágrimas aquella noche que le hicieron un hombre. ¿Ta clarinete?

¿Qué te parece más inutil?


Por si no lo habian advertido, en uno de los pintorescos márgenes de esta página se ofrece la posibilidad de votar en una encuesta insólita, aunque crucial para alcanzar un conocimiento más pleno de la condición humana: ¿qué juzga la señora o el señor, entre varias opciones preestablecidas arbitrariamente, que es más prescindible en su existencia?

Esta consulta, perteneciente al Proyecto
Stupidity'n Health de la UNESCO, en colaboración con Pornoscopia y Camisería Pascual, pretende evaluar los principios morales y las manías incorregibles de la población española, comunidades vernáculas y naciones afines. Es por ello que me he dado el gustazo de pedir permiso al secretario general del administrativo adjunto del funcionario interino de turno, para incluir en mi modesto espacio una de las ciento sesenta y nueve preguntas de que consta el paquete completo, y procesar los resutados empleando las más sofisticadas herramientas estadísticas (pictogramas obscenos, hipótesis arriesgadas y calculadora de Pascal).

¿Se siente defraudado con el mal hacer de Karmele Marchante o Cuca García Vinuesa? ¿Le desespera Kierkegaard? ¿Le excita amancebarse con un compañero marchoso en una sórdida buhardilla? ¿Le gustaría dar una colleja cariñosa a doña Pilar de Borbón? ¿Se la trae al fresco el Estado de las Autonomías? ¿O es que ha perdido la fe?

A votar se ha dicho, pues. Les interesará saber que entre los participantes en la campaña, se sorteará un fin de semana de enero en un banco del Parque del Retiro a elegir (recomendamos los frecuentados por los camellos, junto a la Puerta de Alcalá), más un premio de consolación consistente en la colección de cromos completa del Mundial de Italia 90.

Es que no sé a qué demonios están esperando...

La Noche de Primavera


Así reinaba la noche de mayo

cuando los aires se tiñen de azul,
donde la Muerte se viste de blanco,
que es ese pálido espectro de luz
de la niebla sobre el bosque lejano.
Sentado, en el fúnebre jardín
yo consumo mi último cigarro...
Vagaba un viento enamorado
de las luces enfermas de la tarde.
¿Seré yo aquel soplo helado y turbio
que hiciera al viejo Sol apagarse?
Buscando el claro de Luna deseado,
escribiré en el vacío cuanto antes.
Y cuando muera, al llegar la mañana
de tiniebla colmada, tormentosa,
la Luna no dormirá enamorada;
aunque florezca en mi nicho una rosa.
Que al morir no deseo plañideras,
ni procesión de lamentos sin fin.
Sólo anhelo el hedor de la muerte,
aunque florezca en mi losa el jazmín.



El Buen Gusto


EL ORIGEN DE LAS ARTES

Un insigne profesor de Letras Universales, al que admiro y envío mi más respetuoso saludo, solía repetir la siguente frase, entre pomposas caladas a su Ducados: Sobre gustos no hay nada escrito... Bueno; sí lo hay. Lo que pasa es que la gente no lo lee. Esta introducción, unida al montaje que he preparado como cabecera del artículo, ayudará a los que me conocen bien a hacerse una idea de las barrabasadas que tengo listas para arrojar en mi página güeb. En un texto moralizante y engreído sobre la búsqueda de la belleza verdadera en la tupida fronda de sandeces y malandanzas que hoy en día se eructan, canturrean o emplastan sin ningún tipo de escrúpulos, ni el más mínimo atisbo de pudor.

La creación artística pasa en la actualidad por uno de sus más dramáticos trances. El posmodernismo, que nos envuelve a todos y por el que algunos se muestran orgullosos, aboga por relativizar las cosas hasta unos extremos francamente molestos, perdiendo incluso la decencia con algo tan básico y arraigado a nuestros instintos primarios como es la distinción entre lo bonito y lo feo. Y la realidad es que llenarse la boca tan golosos con la palabra libertad, a menudo implica tener que reírles las gracias a unos cuantos botarates: a los magos de la mentira, los titiriteros del pastiche y los saltimbanquis del plagio.

¿Qué coño es eso de que no hay nada escrito? ¿Es que, acaso, el ser humano se cree con la suficiente responsabilidad y madurez, como andar por ahí diciendo que se tiene el deber de digerir y admirar cualquier cosa, siempre y cuando su hacedor se haya autoproclamado artista? Jamás. Y sin embargo, el hombre actual acaba afirmando con contundencia, y sin despeinarse, que todo aquello que provoque el placer estético a los sentidos de alguien – del primero que pase por ahí –, ya puede ser considerado como arte. Toma ya.

En esta paja mental posmoderna sobre el deleite sensitivo, se me ocurre citar el caso del creador Piero Manzoni, quien hizo pública en cierta ocasión su sugestiva obra Merda d'artista. Parece ser que una hermosa mañana de mayo de 1961, Manzoni se despertó arrobado por una inefable inspiración y, tras haber degustado un magnífico café italiano y un purito habano (que eran los incentivos que le faltaban) se puso manos a la obra con su trabajo: 90 cajitas cuidadosamente numeradas, en cada cual yacían 30 gramos de sus primeras heces de la mañana, sea cual fuera su consistencia. Un total de 2 kilos y setecientos gramos de mierda a la italiana, que hicieron las delicias de los asistentes a su presentación en sociedad.

De nuevo, el Artista sorprendía al Mundo, erigido en digno depositario de bondad y belleza, con un atractivo irresistible. Aunque me pregunto a qué sentido humano estaban dirigidas las formas estéticas de su sobria realización, destinadas a embriagar al mundo. ¿La vista? Las cajitas de caca, más bien como latitas de paté delicatesse, formaban un atractivo apilado sobre el pedestal que las encumbraba. Pero como no hubiesen cagado allí dentro las mismísimas Musas, no creo que los zurutos y sus caprichosas formas provocaran ningún tipo de placer al ser humano (hay excepciones; ver FOTOS). ¿Quizá el oído? No, pues ya era tarde. El delicioso espectáculo brindado por la fanfarria de clarines y timbales de su trasero quedó encerrado entre las blancas paredes de su taza del váter. Sobre el tacto y el olfato no voy a pronunciarme, y sobre el gusto, mejor pregúntenle al sorprendido público de su obra, por si a alguno le dio por arrebatar al conjunto artístico alguna tajada que llevarse a la boca.

Finalmente, la recompensa. Manzoni puso precio a su obra, con el estilo práctico y desenfadado que lo caracterizaba: su peso en oro (y no del que cagó el moro). Sólo un lingotillo del vil metal por un kilo de sensibilidad… Sólo unos maravedíes por unas pocas onzas de inspiración celestial… Y va el tío y amasa una pingüe fortuna a base de sus más hediondas piezas, como pequeños Davides de Miguel Ángel manoseados en un mercadillo del Trastevere, pero de elaboración más natural y espontánea.

Es posible que Manzoni, que en paz defeque, hubiera basado su trabajo en alguna de las golosinas escatológicas que, de tarde en tarde, mariposeaban por la cabeza de Salvador Dalí, el afamado surrealista y Pintor Oficial del Régimen. El autor de Joven Virgen Autosodomizada por los cuernos de su propia Castidad fantaseaba a menudo con la mierda y sus conjuntos, y consiguió institucionalizarla a un nivel lírico digno del Amor, la Patria o la Libertad. Pero a un pintor de Cristos, o de sueños inconfesables en lo más oscuro de la mente, si es de la talla intelectual y moral de Dalí, se le perdona todo lo que haga falta. A un cagoncete de Belén con delirios de grandeza, sólo podemos enviarlo a la cámara de gas y quedarnos tan panchos.

Una vez tratadas las mierdas de Dalí y de Manzoni, y sentadas las hipótesis de partida de nuestro estudio, nos dirigiremos a otro tipo de mierda de carácter más cotidiano. De la mierda que nos acecha en cada esquina y, sin que nosotros nos demos cuenta, nos vierte sus efluvios y nos comunica sutilmente su oscuro poder.

Finalmente, acotados por completo los conceptos de mierda y arte, se tratarán de buscar nuevas conexiones históricas, a parte de la descrita, entre ambas realidades.

DESGLOSE

Una de las acepciones de Arte que contempla el Diccionario de la Real Academia Española es la de Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. Pero otra también, dentro del mundo de las metáforas y los cambios semánticos, es la de Maña, astucia. Propongo analizar los elementos que componen estas frases, atomizar sus partes e ilustrar con cuantos ejemplos sean necesarios (hacer click en los vínculos en rojo) las dignas verdades que encierran

Paradigma de ACTIVIDAD HUMANA, en tanto acto, producción o creación, es sin duda el sorprendente ejercicio perpetrado todos los años por el pueblo de Valencia con motivo de las Fallas. Les fallers se tiran meses trabajando en unos espectaculares conjuntos figurativos, para luego prenderles fuego como si fueran libelos políticos. Vamos, que puede afirmarse rotundamente que esta ceremonia crematoria es toda una actividad de creación. De transformación de la potencia (madera, plásticos) en el acto (fuego). País…

VISIÓN PERSONAL. Debido a alguna enfermedad cochina o a algún maleficio oriental, Doménikos Theotokópoulos, alias El Greco, llegó a Toledo con un peculiar defecto en la vista que le hacía ver las cosas alargadas (bromas, las justas). Pa muestra, un botón: debido a su falta de sentido en escala vertical, fue el único pintor de la historia que se atrevió a representar a San Pedro como un pisaverde larguirucho, o a Laooconte como un pervertidor de menores toledano, atacado por unas culebras.

¿Qué me dicen ahora de la visión de Picasso? Miraba por delante, por detrás, de un lado, desde arriba… Lo recordaba todo, el tío, y componía un extraño diseño con sus experiencias visuales simultáneas. Una especie de comunismo de puntos de vista, directamente instaurado en su lienzo, para sorpresa de todos. Una sorpresa desigual.


¿DESINTERESADA? Miren, si no, a maese Canoncín – o Marroncín, si lo prefieren –. Hace poco que se retiró del proyecto filantrópico que lo mantenía tan ocupado: ser la imagen o la vox publica de la Sociedad General de autores. Son sus compañeros Teddy Bautista o Manu Tenorio, quienes velan en estos días los Derechos de Autor, y por la vigilancia, cultivo y financiación del objeto de su jurisprudencia, perpetuando la aportación y el legado del Rey del Pollo frito. Mucho tiempo al pie del cañón, hasta lograr que el esperado diezmo que se merecen las élites quedara cargado en el precio de cuantos productos fuera necesario. En todo lo que adquieran los indignos consumidores de su arte y que pueda hacer peligrar su chiringuito (teléfonos móviles, radiocasettes de segunda mano, platos de ducha…). Dénse cuenta de qué manera más idiota nos dedicamos a dar de comer a tres o cuatro maleantes, que llevan años sin publicar nada reseñable. ¡De alguna manera tendrán que vivir!

REAL O IMAGINADO. Decídelo tú mismo. No tienes más que coger una de esas películas porno que tienes por ahí, y sopesar entre tu realidad y su fantasía. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero hacen gracia. También les recomiendo cintas como Misión Imposible, V de Vendetta o Raza, si de lo que se trata es de medir la diferencia entre la realidad y la ficción, y quedar aterrorizado por su talla. O, simple y llanamente, Star Wars, donde admirarán un gigantesco collage de princesas, hechiceros y naves espaciales, pero donde todo es familiar y creíble. Que la Fuerza os acompañe entonces – que es como decir: Que Dios os ampare –, pero mucho cuidado con acabar en la mani del Día del Orgullo Friki. Una vez que te seduce, dominará para siempre tu vida.

MAÑA O ASTUCIA. También puedes leer un libro que te enganche, o ver una película que te entretenga, o escuchar una canción pegadiza que te haga bailar o cantar. Con la aplicación de los tres o cuatro recursos estéticos más fáciles y manoseados del mundo (la intriga, la invocación descarada al éxito o al placer, el compás 4/4…) los engendros artísticos de que hablamos consiguen conectar con lo más básico de los centros nerviosos del espectador, haciéndole sentir un placer inmediato, pasajero y fugaz. Un capricho, un sencillo mecanismo ancestral que lo aparta momentáneamente de sus problemas y preocupaciones y lo anula completamente. En el caso de la música, un cierto estado de embriaguez ayuda a que las piezas más miserables marquen honda huella en el espíritu y hagan menguar la dignidad de uno.

Hemos visto, pues, que son innumerables los RECURSOS PLÁSTICOS, LINGÜISTICOS y SONOROS en los que se han apoyado los creadores para proyectar hacia el Mundo sus más elevados sentimientos y sus más desafortunadas limitaciones.

Y COROLARIO

Pero ¿es pedir tanto? Yo sólo quiero arte de verdad… Con eso puedes volar a través de los siglos, sumergirte en apasionantes leyendas eternas, llorar hasta quedarte seco… Y saltar por los aires. Y salir a la calle a gritar y corretear. Y sentirte realizado, a pesar de que todo a tu alrededor se torne en adversidad y quebranto, guardando en tu memoria la pieza que has disfrutado; aunque no la estés leyendo/admirando/escuchando, la pieza ya forma parte de tu esencia más personal y secreta, y te acompaña donde quiera que vayas, en comunión íntima. Si disfrutar de estos placeres refinados es de aburridos… ¡Qué placentero, entonces, es el aburrimiento!

Porque el Arte del que hablo no resulta algo inmediato para el espectador; el buen arte, la calidad, requieren, del que se aproxima a ellos para tratar de disfrutarlos, una cierta predisposición para el esfuerzo intelectual y la concentración. Con una buena obra, debes sufrir, aburrirte y bostezar, y luego maldecir al autor; al final acabas familiarizándote con ella y luego cogiéndola el tranquillo. Y cuando te acaba gustando… Descubres una serie de sensaciones profundas y poderosas, unos matices nuevos, inefables, que no puedes encontrar en los productos vulgares de hoy en día. Categorías nobles y eternas que formaban parte de ti mismo en conexión con la Humanidad, y que aún no habías descubierto.

Algo parecido defiende Nietzsche en el siguiente fragmento, donde compara la música con el amor. Con él, ponemos punto y final a nuestra arenga:

Así nos pasa con la música: primero se debe aprender a escuchar una figura, una melodía en general, escuchar extrayendo, distinguir, aislar y delimitar una especie de vida para uno mismo; entonces se necesita energía y buena voluntad para soportar esa melodía, a pesar de su extrañeza, ejercitar la paciencia ante su vista y expresión, la mansedumbre ante lo caprichoso que hay en ella -: finalmente viene un momento en el que nos hemos habituado a ella, en el que esperamos, entrevemos, que ella nos haría falta si faltase; y ahora ella sigue y sigue con su constricción y su magia y no termina hasta que nos hayamos convertido en sus humillados y arrebatados enamorados, que no quieren ya nada mejor del mundo que no sea ella y de nuevo ella. – Pero esto nos pasa no sólo con la música: precisamente así hemos aprendido a amar todas las cosas que ahora amamos. Hemos sido finalmente siempre recompensados por nuestra paciencia, nuestra justicia, nuestra mansedumbre hacia lo extraño, cuando lo extraño lentamente se quita el velo y se presenta como una nueva e indecible belleza -: es su agradecimiento por nuestra hospitalidad.

¡Como pa llevarle la contraria!


Tchaikovsky

Creo que es un buen momento para dedicarle unas palabras a mi buen Tchaikovsky.

El más afamado de los maestros rusos, aparte de burgués de pro y cabezota, era Piotr Illych Tchaikovsky (o algo así). Sus extáticos ballets rusos han recorrido el mundo, consiguiendo desatar los suspiros de las damas más sensibles y los jovenzuelos más sonrosados, y han sido marco de acción de alguna que otra película de detectives. Sus seis grandiosas sinfonías nos han hecho, a los varios cientos de melómanos que nos hemos dejado caer por el mundo, desparramar el semen por toda la moqueta de los auditorios sin pasar un ápice de vergüenza. Y sus conciertos para solista y gran orquesta han hecho brillar a los grandes virtuosos más que el Oro del fondo del Rhin.

El sentimiento expresado, por ejemplo, en su
Sexta Sinfonía es tan profundo y complejo, que no creo ser capaz de poder expresarlo con palabras en este humilde sitio web. ¿Quizá si contratase a Hegel como negro de mi página, y lo emborrachase...? A parte de ser una pieza clave del repertorio sinfónico más espectacular, la Sexta de Tchaikovsky contiene un mensaje oculto en el que la voz de su autor intenta comunicar a toda la Humanidad un grito de duda y dolor, empleando sólo el lenguaje estético que brinda la música

Parece ser que, entre otro muchos devaneos sentimentales de pequeño burgués (tales como el de la férrea vinculación con la patria) el insigne músico ruso no tenía muy claras sus inclinaciones sexuales, y se vio en un grave aprieto marital cuando puso ciertamente al descubierto sus afectos ocultos hacia su sobrino Vladimir Lvovich Dadivov
. Tchaikovsky sentía una predilección familiar por su sobrino, desde que éste era bien crío, y jugaba con él a pídola y a la taba.

En su madurez, el maestro se casó con una suerte de damisela de la clase media, de esas que solían andar por el XIX, buscando algún tío con pasta con quien criar retoños. Pero cuando volvió a ver al sobrinito, ahora convertido en un apuesto ruso con levita y chistera impecables, se le cayó la batuta al suelo.

En patios de cotilleo de cierta fiabilidad, se cuenta que su vida matrimonial con la buena mujer fue un verdadero desastre. Y existe una leyenda urbana que defiende que ella fue una señora de, digamos, agotadoras exigencias de alcoba. ¡Imagínense qué aprieto! Acostándose con Venus y suspirando por Apolo, pero más cochinete.

En la foto que aparece junto a la cabecera de este artículo,
Bobik y su tío por parte de madre posan más contentos que unas castañuelas, como dos cervatillos enamorados. Supongo que Nureyev cuando salía, to macho y sudoroso, de algún ensayo de La Bella Durmiente, pensaba en esta instantánea y en sus acurrucados habitantes.

Como te toque vivir en una época jodida como aquella, la Rusia de los cosacos y los novelones, y te veas envuelto en semejante trío de convivencias, convicciones y conveniencias, estás perdido. Y nada mejor que escribir una magnífica
Sexta y última sinfonía, para probar si era posible plasmar con la música lo que a veces no pueden pronunciar las palabras: hondo sentimiento, deseo incofesable, vergüenza, honor, desorientación espiritual,... entre conmovedores fraseos orquestales de grandiosidad sonora, sumidos en la más impenetrabe oscuridad; y excitantes cambios de ritmo y tono que deslumbran en su búsqueda de nuevas estructuras. Hay hasta un vals...

Sigue la Historia. Cierto día, el Gobierno recomendó no beber agua sin haberla hervido previamente, a causa del rumor de una epidemia de cólera en plena Rusia. Piotr Illych Tchaikovsky se levantó una mañana con sed, ¿resaca? Bajó al pozo, y sin tiritar de frío se bebió muy chulo un refrescante sorbo del Líquido Elemento... Y murió de cólera. Muy ruso ¿no?

Pero es que hay otra leyenda negra que cuenta que cierto aristócrata capullo se fue a chivar al Zar de que Tchaikovsky era maricón. Y al maestro ruso se le convocó formalmente un tribunal de honor, en el que fue instado a suicidarse con arsénico para recuperar su fama y dignidad, y para expiar su pecado de haber andado por ahí dando y recibiendo. El asunto se mantendría en absoluto secreto para, así, no dañar la imagen del que ya era un héroe nacional de todas las Rusias.

¿Era Tchaikovsky un pervertido, que escondía sus intenciones de cerdo tras una careta de profundo sentimentalismo? ¿Murió como Sócrates o se deshizo en la cagalera? ¿Si escuchas la
Sexta al revés te cuenta algún mensaje soviético? ¿Ninfómana o efebo? ¿Bacteria o cicuta? Les invito a que escuchen la magnífica obra que les he comentado y juzguen por sí mismos si debemos encumbrar a Pedrito Chaikovsky al Altar de los Artistas, o hacerle descender al más profundo calabozo infernal y provocarle martirio eterno.

Y si se duermen... ¡pues hasta mañana!

Carroussel de Frikeces del Tube de Usted

A parte del Perro pajillero, ese simpático animalito ya conocido por todos ustedes, me voy a permitir la osadía de recomendarles los vídeos más impresionantes que se han dejado caer por el Broadcast Yourself, ese brillante fénix de la comunicación humana que nos entretiene a muchos de nosotros cada noche. Comienza la orgía:

Franco habla en inglés
Anton Szandor LaVey (I)
Incunables del Spot
Lego-Vader dirige su propio himno
Lamentaciones de Dragó
Sabrina
El Magistrado-Showman
Jawas vs Nazis
Salud comunista
L'Orfeo de Monteverdi en el Liceo
Superputa. Nintendo
Tabaco
Tony Royster Jr.
Una señora de derechas
Escena magistral de Paco Martínez Soria
Los Aphrodite's Child
Leonard Bernstein a hostias con José Carreras
Las pivitas hitlerianas ¡con música de Luis Cobos!
Víctor Manuel canta a Franco
Anton Szandor LaVey (y II)
Solti dirige a Nilsson en los ensayos del Anillo
Cantina Band (Star Wars) por un manualista
La Canción de la muñeca en versión Soprano Trainer
Cela y la palangana
Urdaci haciendo monólogos
Satán en el cortijo
Hay un hombre en España
Drogas en los 70
Trailer original del Episodio IV de Star Wars
Camino Moria
Balada nº 1 de Chopin, por Horowitz



Más vídeos, próximamente...




Álbum Caótico... ¡Y sigue en aumento!

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