Espero no ofender al lector anunciando algo que fue para todos tan conocido y tan comentado. Un evento que, gracias a unos jeribeques mediáticos bien calculados y a unos recursos estilísticos acordes con la depresión económica en que nos sumimos, resultó casi tan importante como las Elecciones Generales de José Luís y Mariano, y apartó en plena noche de sábado – frente al televisor –, tanto a las abuelitas de sus labores de punto de cruz, como a los mozalbetes de sus compromisos alcohólicos. Porque nadie podía perderse al chiquilicuartos ese que teníamos como representante de la Piel de Toro, cantando aquello de:
El Chiki-Chiki mola mogollón. Lo bailan en la China y también en Alcorcón
Por supuesto, no ganó. Un ruso blanco con maneras de metrosexual se lo había montado mejor y, en lugar de hacer el gilipichis junto a un hatajo de mujeres florero caracterizadas, optó por la balada fácil y sensiblera. Escogió como compañeros de escena a cierto campeón de patinaje sobre hielo (que hacía lo único que sabía hacer) y a cierto ¿húngaro? propietario nada menos que de un stradivarius (pero que no hacía nada), para que lo secundaran en la porno gay party que se montó sobre el escenario. Un éxito rotundo. Y España ¡en el puesto 16! El mejor resultado desde… 2004. ¡Toma ya!
Para tranquilidad del sibarita más estresado – y como era de esperar –, el fenómeno Chikilicuatre fue diluyéndose poco a poco, como ahogado en las aguas del Olvido. Pero hay algo en todo esto que ha quedado como rastro indeleble del evento y que resulta, cuanto menos, abrumador: desde la llegada al estrellato de este personaje, un sentir general de simpatía hacia lo friki se ha instalado en los corazones de la gente.
Ahora te ríes con el friki, y no de él. Porque el friki es un personaje entrañable y divertido que la civilización moderna debe mimar y alentar, pues su cándida estupidez y su temperamento inocente lo convierten en una especie de mascota juguetona que todo el mundo quiere abrazar y lamer. Todo aquél que un día bailó la macarena, se colgó chupetes de plástico en el cuello o se tragó de pé a pá los conciertos de los Tres Tenores, presume hoy de contar entre sus allegados con un friki de aquí te espero.
¿En qué quedamos? Que yo recuerde, friki, para ese ciudadano medio español (chismoso, holgazán y resentido, sólo amante del fútbol y de todo lo que tenga que ver con su nómina), era hasta hace pocos días un apelativo oscuro y contradictorio, frecuentemente asociado a elementos antisociales y dignos de desconfianza que merecía la pena mantener apartados. Marginados del Sistema a causa de su extravagante aspecto y sus desmedidas y poco corrientes aficiones, los auténticos frikis sufrieron persecución como los cristianos catecumenales y hubieron de refugiarse en las tiendas de cómics del centro de Madrid, o en distantes y poco aseadas asociaciones culturales de barrio.
La Guerra de las Galaxias, las cartas Magic, Bud Spencer y Terence Hill, El Señor de los Anillos (hasta la llegada de la película)… ¡Qué temor causaban! Y si encima lo mezclamos con el Manga y la música Heavy Metal, ¡qué repelús!
Creemos que todo esto del apartheid friki (ahora en desuso, y gracias a Eurovisión) empezó con aquello del Asesino del Rol, o incluso con los personajillos entrevistados por el impresentable de Cárdenas, en aquellos viejos espacios culturales nocturnos. Todos frikis. Carlos Jesús se creía Jesucristo redentor, resucitado, reencarnado y todos los “res” que se os ocurran, y por ello le crecían las tetas y lanzaba sospechosos bufidos a través de los callos de sus manos. El Niño’l Mechero juraba solemnemente vengarse de una tal Sole, que había tenido la desfachatez de tirarle un huevo sin venir a cuento mientras disfrutaba de su minutito de gloria. La Bruja Lola amenazaba desde su tenebroso atril con encender “dos velas negras” para convocar a los más pendencieros espíritus del averno y martirizar a su contertulio con sortilegios malignos. Y toda una fauna de pobres diablos de la España de la colza y el boom urbanístico, que fueron exprimidos hasta la médula por una piara de desconsiderados que había dejado hace mucho tiempo de encontrar fórmulas originales para divertir a la audiencia.
En aquella época digna de olvidar todo el mundo se bajaba el politono del cuñaaaao! o comparaba a la chica fea de su clase con Carmen de Mairena. Poco a poco, lo friki se convertía en un objeto irrisorio perteneciente a la imaginería popular, que podía usarse como comodín cada vez que se quería contar un chiste y no se tenía inspiración (si tu auditorio no te ríe las gracias, dices Jarrrl! No puedorrl! Y todos se descojonan).
Pero si se quería expulsar a alguien del grupo, se decía es un friki, y ya está. Ello suscitaba en el resto de individuos de la manada una especie de terror social ante lo desconocido, por lo que optaban sin rechistar por dar la espalda al señalado. Llega a saber Sun Tzu de todo esto, y sin duda reescribe El Arte de la Guerra, o como derrotar a tu enemigo acusándole de friki.
Pero no. El origen de la palabra friki, o freaky (o la ortografía que se prefiera) es otro bien distinto, y enraíza en las melancólicas historias de los feriantes que deambulaban por tierras y épocas remotas. Y es que freak, que en inglés de taberna puede significar extraño, estrafalario, se aplicaba antiguamente a las personas que sufrían alguna malformación física o anomalía mental de sintomatología siniestra. Su connotación semántica, por si fuera poco, estaba íntimamente relacionada con el concepto de “monstruo” o criatura extraña y horrenda. Quienes padecían estos síntomas (enanos, forzudos, mujeres barbudas, negros bien dotados, hombres elefante, domadores de pulgas…) se vieron relegados a participar en espectáculos circenses, en los que eran admirados con curiosidad por gentes de aquí y allá que comenzaron a denominarles freaks. Bichos raros que, además, formaban parte de la misteriosa bohemia de las ferias, y su vida itinerante sin patria ni rey, entre payasos, trapecistas semivestidos y otras gentes de no más limpia reputación, pero que contaban con habilidades casi divinas.
A LA IZDA. JOSEPH MERRICK (1862-1890), EL MÁS CÉLEBRE HOMBRE ELEFANTE DE LA HISTORIA. SU ESPECIALMENTE GRAVE SÍNDROME DE PROTEUS LE GRANJEÓ FAMA Y FARÁNDULA. SE DECÍA DE ÉL QUE ERA HOMBRE DE GRAN INTELIGENCIA Y SENSIBILIDAD, CON LA AGUDEZA Y EL SENTIDO DEL HUMOR DEL MEJOR DE LOS HUMORISTAS. MURIÓ, SE DICE, ASFIXIADO POR EL ENORME PESO DE SU CABEZA.
A LA DCHA, LA MUJER BARBUDA, DE PEDRO DE RIBERA. EL VIRREY DE NÁPOLES ENCARGÓ A RIBERA EL RETRATÓ DE MAGDALENA VENTURA DE LOS ABRUZOS, UNA CONOCIDA NAPOLITANA AQUEJADA DE HIRSUTISMO.
En este punto, la coherencia de la justificación lingüística de esta peculiar palabra, se pierde en el devenir del tiempo y sus caprichos. Es entonces cuando surgen las dos grandes corrientes culturales que tratan de explicar la evolución de este término hacia las acepciones dispares que se registran hoy en día: son las leyendas negra y rosa del mundo friki.
La leyenda negra de los frikis (depositarios de una abyecta sabiduría basada en bestiarios, naves espaciales y fetichismo de pies) compara el aspecto extraño de aquellas criaturas monstruosas dignas de lástima con los granos, las gafas de pasta y las camisetas negras de los frikis actuales. Porque, efectivamente, un guaperas de discoteca que se las lleva de calle nunca perderá el tiempo con la numismática, los videojuegos o el cómic Manga. Tales aficiones, consideradas marginales, son propias del rarito del barrio que, además de contar con unas cuantas decenas de kilos de más, tiene problemas en casa y sufre de halitosis. Esta corriente encuadra sin dificultades dentro de la esfera friki a Leonardo Dantés, Ruiz Mateos y a toda la fauna de infelices anteriormente mencionada.
La leyenda rosa de los frikis, por el contrario, les atribuye una vasta cultura digna de los ilustrados del XVIII, e incluso poderes mágicos heredados de aquellos druidas que fabricaban pócimas con el muérdago y conocían el camino a Avalon. La suprema erudición de estas criaturas de Prometeo les ha hecho descubrir América, la piedra Filosofal, la masturbación, las modernas Instrucciones tecnológicas y la fórmula de la Coca-Cola. Las logias masónicas, ya si nos ponemos, no son sino clubes de amigotes que beben en litrona y juegan al Hero-Quest. Y ¿hay algo más friki que el circo? El origen del nombre, el de aquellas criaturas desheredadas, parece posicionarlos en una especie de aristocracia de lo extraño; formaban parte de un círculo triste y cruel, aunque atractivo para las personas cuya existencia transcurre gris en una mortecina clase media. Su destino trágico lo acababan por asumir: nacer, ver cómo se ríen de ti, y luego comprobar que, si la gente paga por ello, les resultas espectacular. Después morir y convertirte en leyenda.
Un defensor lumbreras de esta leyenda rosa debe haber sido el introductor del fenómeno Chiki-Chiki. La fórmula es sencilla: rarito pero tierno. Se acusa de cometer este desacato a cierto show-man – ¿Show? ¿Man? – que acostumbra en la caja tonta a vomitar con nocturnidad sus chistes socarrones de humor inteligente. Parece ser que un día de especial lucidez, este artesano de la monserga recomendó a uno de sus payasos (de nuevo al circo) meterse en la piel de un supuesto friki y, a través del método Stanislavsky, comportarse como tal en las sucesivas semanas, tanto en pantalla como en la vida cotidiana, y componer una canción arrolladora que enamorara a todos. Y así fue.
Pues ¡es tan voluble la voluntad del devorador de subcultura! ¡Tan fácil, moldear la postura de la Opinión Pública! Una vez más se ha demostrado el fracaso de los nuevos planes de estudios y la ineficacia de la educación familiar. La falta de criterio y el dejarse llevar por la corriente han dado sus frutos. Otra vez los Mass Media han cometido la irresponsabilidad de contaminar la mente distraída de la sociedad y orientar sus gustos y modas fugaces a capricho de quien es un poco más listo.
Pues a nosotros los auténticos frikis esto no nos gusta. No, no, no… Nadie nos preguntó si preferíamos que la sociedad nos aceptara con la condescendencia que la caracteriza – como hace con el homosexual o como con el extranjero –, o nos siguiera condenando a formar parte del nutrido monto de las minorías. El correveidile que decidió un día crear a Chikilikuatre no nos pidió permiso para lavar nuestra imagen ante los demás y convertirnos en un asunto de interés general y estudio.
Aunque parezca que haya quien quiera popularizar el movimiento (creando el Día del Orgullo Friki, y estupideces por el estilo), y aunque se escuche la palabra crusaíto entre el público de los conciertos de Metallica (juro a Dios que es verdad lo que digo), los verdaderos amantes de lo extraño y lo desconocido siempre preferiremos la marginación a la falsa lisonja del cretino de turno, y la polvorienta soledad de nuestras fortalezas de misterio, a la exhibición pública de un saber y unas aficiones que nos ha costado mucho recopilar y mantener, y que han permanecido ocultas y a buen recaudo, lejos del alcance de malos administradores.
Lucharemos por seguir siendo raros. ¿Estáis conmigo?










