No sé si hacíamos muy bien. Pero la malandanza que supuestamente perpetrábamos (y lo único que ellos pudieron ver cuando llegaron en sus ridículas motos) era estar apoyados sobre el capó de un coche, hablando de nuestras cosas. Y si había más chicha en aquel conciliábulo, voto a Bríos que no lo advirtieron. A nuestro alrededor, decenas de jóvenes enardecidos por la rancia celebración que se festejaba practicaban a diestro y siniestro el ya consolidado arte de la bolsa de hielos y el cartón de vino. Tal circunstancia debió dispararles los biorritmos a los guardias, ya que se dispusieron sin más dilación a sacar sus porras y consolidar la hegemonía indiscutible del Imperio de la Ley. Luego de rebuznar, pedir unos cuantos DNIs y pegar algunos pisotones a los incautos vasos de mini que descansaban sobre la acera (poniéndolo todo perdido, por cierto), los señores munipas decidieron dedicarnos a mis amigos y a mí toda su atención, como si no hubiera mucho más que hacer en la animada calle en la que nos encontrábamos.
Ya conocen el dicho: más vago que la chaqueta un guardia.
Bien está que somos unos juerguistas, que nuestra ética deja bastante que desear. Vale que, muy probablemente, contemos con anécdotas inconfesables que será mejor ocultar a la Administración y a nuestras familias. Y que estemos condenados sin remedio a las calderas de Pedro Botero tampoco lo puede negar nadie… Pero, aun en nuestra vil y miserable existencia, lo más lógico y decente que se debe hacer a esas horas cuando se encuentran con nosotros es dar las buenas noches. En su lugar, un tono socarrón y zafio rompió el silencio desde el casco estilo Youri Gagarin:
– ¿Tenéis priva? No. Pues entonces seguro que tenéis otra cosilla.
En lo único que nos superaban esos botarates era en tamaño y equipamiento bélico, y es por ello que hubimos de resistirnos a sus duros modales, vaciar los bolsillos, colocarnos contra el coche, abrir las piernas, dejarse sobar y resistir un incómodo bombardeo de linternas azules y miradas poco amistosas. A fin de cuentas, consentir que nos trataran como a delincuentes y, a causa de la ansiedad y el alcohol, no decir ni pío.
Me quejo a toro pasado; lo reconozco. Y evito acudir a hemerotecas para comprobar si aquella noche, mientras a mí me cacheaban, se estaba cometiendo algún delito; si robaron el bolso a una vieja o si violaron a alguna chica. Es para no cabrearme más, si ustedes me entienden. Es preferible pensar que, durante aquella noche, todos los prostíbulos ilegales emplazados en Madrid cerraron repentinamente, y se dejó por fin de explotar y esclavizar a las pobres ciudadanas de la Europa del este. Es mejor creer que las bandas de Ñetas, las que ocupan impunemente las canchas públicas de baloncesto y cobran entrada a los chavales que quieren jugar, se marcharon esa noche a sus garitos infectos a escuchar pacíficamente el Reggaetón y la Bachata. Es mejor imaginar un Madrid sin macarras ni pijos borrachos y violentos, y sin Audis de respetables padres de familia correteando a 180 por la Castellana y avasallando a los Ibizas.
Como nada de eso ocurría durante la madrugada del 2 al 3 de Mayo de 2008 en Madrid, no cabe duda que lo mejor para paliar el aburrimiento de la Policía Municipal es venir a cachearnos a mí y a mis camaradas.
Quizá no es preciso que añada que, tras su estéril registro, los policías abandonaron la escena del crimen sin pedir disculpas o desear las buenas noches. ¿Habrase visto tamaña impertinencia? La de creerse Chuck Norris, pero no ser más que un cachorro aleccionado, inculto y falto de criterio propio y educación ¿O es que simplemente estaban picados porque no encontraron nada?
Pues bien. Este es un mensaje para vosotros, abnegados ejecutores del bando y la ordenanza municipal de turno: Os la colamos, inútiles. Espero que hayáis sido más competentes en futuras redadas, u os quedaréis sin materia prima para divertiros después con vuestros amigos. No me extraña que, con tanto cegato en los cuerpos locales de seguridad, pasen cosas como las de Coslada. Y hasta aquí puedo leer.
Hace años, presencié un espectáculo que contó con bastantes elementos en común con el que padecí y que acabo de relatar. Plaza de Juan Pujol (y no se dice Puyol; también conocida como El Madroño), Malasaña, Madrid; Tres eran los grupos y las especies de crápulas que se daban cita en tan pintoresco paraje. En un banco, una soldadesca de ecuatorianos oscuros y tenebrosos (frente a un ejército de litronas) escuchaba música ratonera a toda hostia procedente de un radiocasette barato. Sus ropas holgadas y sus pañuelos en la cabeza no hacían esperar nada bueno bajo ellas. En otro flanco, diez o doce punkis completamente borrachos se dedicaban a bailotear sobre la acera y echar la raba por acá y por allá. Después, iniciaron un curioso ceremonial: se pusieron como a hacer cola frente a la reja de una farmacia cerrada; el primero de la fila se lanzaba con violencia contra dicho cierre, para desternillarse con el estruendo metálico que producía. Así, uno tras otro; muy divertido. Por último, tres muchachillos en edad de entrar en quinta y ropajes rockeros degustaban tranquilamente un botellín de a litro sobre el respaldo de otro banco de la plaza. Quizá miraban a los de la comunidad latina con algo de temor y desconfianza. Quizá se divertían viendo las gilipolleces que cometían los encrestados. Pero no hacían mucho más que tomar una cerveza y hablar de los Maiden.
En esto que, de repente, una escuadrilla de la Policía Municipal (pero de esos que deben ser como de élite y que van a lo boina verde, con botas militares y pastor alemán) hizo su aparición estelar por una bocacalle de la plaza, casi sin ser advertidos por nadie. En lugar de disolver, reprender o amonestar a quienes la sociedad considera comúnmente como indeseables (punkis, latin kings,…) los pitufos sorprendieron a los jovencillos por la espalda, pegando una patada a la otra litrona que les esperaba sobre el suelo y agarrándolos por el antebrazo.
Ni que decir tiene que esta aparatosa maniobra alertó inmediatamente a los otros habitantes de la plaza. Los ecuatorianos tomaron su arsenal de cerveza y su escandaloso aparatejo y pusieron pies en polvorosa. Los punkis no tardaron ni diez segundos en abandonar su constructiva ocupación y echar a correr calle abajo. Cuando el estrépito de la huida cesó, los diligentes policías ya habían tenido tiempo para amedrentar a los muchachos, arrebatarles su bebida y tomar los datos pertinentes para darles un disgusto a los padres. Actividad mucho más cómoda sin duda que aguantar las impertinencias de un grupo indisciplinado de residuos sociales, o exponerse sin necesidad a un posible navajazo de los asustados ecuatorianos.
Muy bonito. No sé si calificar la actuación de los agentes de la Ley de irresponsable, imbécil o sencillamente cobarde.
Terminamos el cuento de hoy hablando del botellón, botellón; botellón te quiero. Es que, cuando no hay mucho más por lo que preocuparse, lo mejor es buscarse excusas. Es algo parecido a lo que ocurrió hace años en Estados Unidos con el señor que sale llorando en una foto un poco más abajo. Sin crisis, guerra, desorden social o grandes catástrofes, el país manifestó un desorbitado interés por las corridas en la ropa. Pues con el botellón pasa lo mismo.
Tras los disturbios incendiarios que tuvieron lugar hace un año en nuestro querido barrio de Malasaña, el señor Alcalde y actual pretendiente defenestrado del centro-derecha español decidió desplegar sus huestes por el distrito Centro de Madrid. Vamos, que lo de Varsovia en la primera mitad de los años cuarenta fue una mariconada, comparada con el impresionante dispositivo policial que ocupó las calles del céntrico barrio durante los fines de semana posteriores a la trifulca. Efectivos en cada esquina; perros gruñones por doquier; aviesos policías de paisano con pinganillo en la oreja… Y lo más estremecedor de todo: nutridas formaciones de aquellos munillas forzudos con boina, como haciendo la instrucción por las calles y mirando por encima del hombro a los demás. Sólo les faltaba cantar aquello de:
- Aaarios. ¡Que fuertes y valientes son los aaarios…!
Asustado con tanto señor de azul, decidí hacerme el longuis (un habitual blogger de esta página puede dar fe de ello) y acercarme a uno de los agentes para preguntarle qué cojones pasaba, a qué Papa habían disparado, quién había dado un golpe de Estado o qué Bolsa se había hundido. Aduje, para ello, en pulquérrimo castellano, que era un muchachote de Valladolid que solía bajar a Madrid para salir de fies. Sí; soy un broncas.
El individuo, a pesar de su espléndida declamación de tres o cuatro artículos de la Ordenanza Municipal que regula el festejo callejero (casi con rima y musiquilla, como la tabla de multiplicar), me soltó una sarta de improperios de taberna, drásticas opiniones ajenas y palabrotas de baja categoría, que hubiera sonrosado al más sosegado de los oyentes. Que si la gente se pincha, se fuma, se folla y se caga en la calle; que si los vecinos se quejan y la policía interviene y que si la madre que lo parió. Y mira que venirme a preguntar este tío… ¿Dónde está Valladolid?
Se puso tan farruco que casi temí que me detuvieran. Fue entonces cuando lo comprendí: problemas, descontento, disturbios, mala gestión – pésima gestión – y poco dinero. Nada como contratar mucha gente grande (de cuerpo), pero lo suficientemente débil como para poder lavarles el cerebro con cierta soltura, y educarles eficazmente en el arte de infundir miedo y mantener el orden con poco esfuerzo mental.
Porque puede haber hurto, muerte, destrucción, calumnia, estupro, blasfemia, extorsión, cohecho, ignominia, impudicia, conductas potencialmente peligrosas y adulterio. Pero en una gran ciudad nadie cuestiona que lo más preocupante de todo es el botellón. Y son pocos los elegidos que saben aplicar los métodos correctos para su esperada extinción y definitivo desarraigo.
Por supuesto, hablo de la nueva generación de policías municipales.

2 comentarios:
Dí que sí Paquito, que la policía ve más peligrosos a unos cuántos jóvenes borrachos que gritan y mean que a toda la morralla (prostiputas, camellos, proxenetas, yonquis, raterillos de poca monta y de mucho monta, violadores, felatrices infantiles, pederastas, maltratadores de mujeres, maltratadoras de hombres, asesinos en serie, atracadores de bancos, estafadores, policías corruptos, alunizadores, kamicaces, etc, etc, etc) campando a sus anchas por las calles de Madrid. Como esto no cambie, me voy al extranjero a vivir...
ALOHA!!
Aunque con retraso, hay un dicho:"nunca es tarde si la dicha es buena" y sin saber cómo será la dicha y que en la vida tiempo hay hasta que llega la muerte, te diré que me parece interesante este rinconcillo tuyo en el que dejas volar algunos de tus pensamientos e historietas. Me gusta....
Yo
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